4 de septiembre de 2007

El voto diabólico


Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com
(Especial para V&L)


“Con voto a mano alzada y reunidos al aire libre, los cubanos comenzaron, en cada barrio a nominar candidatos para los comicios municipales”, reseña el cable. Es el inicio del proceso de elecciones generales que concluirá el 2008. ¿Cuántas veces han votado los cubanos en los casi cincuenta años del castrismo? ¿No es acaso una decisión que apela al poder originario para la escogencia de representantes en todos los niveles? ¿Esta modalidad no demuestra la eficacia del voto directo?

Cuba, al igual que Bielorrusia o Zimbabwe, son expresiones de otro concepto del sufragio. En las democracias, el voto sirve para canalizar la voluntad colectiva y renovar los poderes y los mandatarios. En estos sistemas cumple otra función, como un mecanismo de relegitimación del estado de cosas existente, y en consecuencia, para la perpetuación de los gobernantes. En Venezuela, una valiosa tradición de transparencia democrática cedió paso con el revocatorio presidencial del 2004, a una nueva visión del ejercicio del poder. De allí en adelante, se ha perfeccionado una estructura (mediante la manipulación del registro de votantes y la implantación de un dispositivo tecnológico susceptible de fraudes), que permite la consignación del sufragio pero que pervierte la pulcritud y eficiencia de éste.

¿Es ello posible en un contexto latinoamericano que presiona a favor de la democracia? Partiendo de complejidades nacionales, por supuesto que lo es, porque no se trata solamente del tema electoral, sino de la concentración de todos los factores de decisión pública y la construcción de liderazgos únicos y tutelares, no sujetos a la alternabilidad ni al juego fluido de oposición y gobierno. De esta manera, la consulta electoral deja de ser una posibilidad de recambio para convertirse en un instrumento más de un Estado cerrado y asfixiante.

Esa dinámica opera en el país desde hace tres años y se perfecciona cada día. Su configuración diabólica es alimentada, además, con el miedo, la intimidación y la resignación que a la larga, gana espacios determinantes de la sociedad. El elector cubano seguramente jura que su voto cada cierto tiempo cumple plenamente con un deber ciudadano o, en este caso, revolucionario. Es posible que hasta se sienta tranquilo con su conciencia porque pudo expresar su voluntad. No repara (y no siempre resulta fácil hacerlo) que actúa como una pieza inconciente de un engranaje perverso que sustenta sin límite de tiempo un régimen que representa y encarna todo lo contrario de lo que él siente, piensa y quiere. Los venezolanos hemos avanzado un largo tramo ya en el camino de configurar un modelo de esta naturaleza. Ahora sólo falta darle el piso constitucional que Chávez procura con la llamada reforma o como debería llamarse con propiedad: la constitución totalitaria.

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